jueves, 27 de marzo de 2008

Madre e hija

¡Nuestros paisajes eran tan diferentes!
Tu mirabas las olas blancas y espumosas
que morían lánguidamente a tus pies.
Yo respiraba el aire fresco y puro
junto a un riachuelo de la montaña.
Cada una de nosotras estaba en su mundo
y entre nuestros maravillosos paisajes,
un extenso e insalvable desierto
gris y muerto,
que con su sol abrasador
quemaba nuestros ojos.
Los soplos de tu brisa marina
y las cantarinas corrientes de mi regato
susurraban palabras en nuestros oídos ,
te extraño,
te extraño,
nuestros corazones
golpeaban con todas sus fuerzas nuestro pecho,
temblábamos,
Temblábamos
como delicadas plantas azotadas por el viento.
Nuestros ojos reflejaban
brillantes destellos los unos en los otros ,
enlazamos nuestros brazos
cual si fueran zarcillos de una fuerte trepadora.
Bajo nuestros pies, un esplendido jardín,
lucia sus maravillosas margaritas silvestres,
bañadas en cristalinas gotas de rocío, saladas